Blogia
Arco de Ulises

Balneario, o mi mar interior

Balneario, o mi mar interior

 

Hoy volví después de mucho tiempo, para comprobar, con inexorable certeza, que los seres tan entrañables, se habían ido de todo lugar visible a los ojos humanos. Sin duda habían emprendido un viaje para no volver. Una vez más, supe que lo esencial es invisible a los ojos. Pues cuando los cerré.., despacio, despacio el tiempo se fragmento como cristal y el murmullo caluroso del verano y la tarde pueblerina, me devolvieron mi mar interior, es decir esos lugares llenos de amores desinteresados y cálidos que siempre serán seguros, certeros, entrañables. Que hicieron de mi infancia. Este paraíso que sé inolvidable. Que es futuro y que hoy es presente.

                                      

La palabra de por si me gusta, su sonido, su expectativa, pero lo que mas me gusta es todo aquello que de alguna manera me transformo para siempre. Me trae,  olores, sonidos y ¡como no!, colores. Basta pronunciarla…..Balneario- y como por arte de magia aparece ante mi esta secuencia de imágenes: Desde debajo de la barranca veo a una señora mayor, de pelo plateado, una hermosa mujer rubia, que por su perfil y su figura cualquiera hubiera confundido con la mítica helena de Troya y cerrando el grupo y transportando no con demasiado placer un banquito plegable de madera, con la loneta amarilla desgastada por el sol, un gordito de no mas de cuatro años,  que no le llegaba ni a las rodillas a ninguna de las otras dos personas. Para ir aclarando la señora mayor era mi abuela, una mujer brava, según mi abuelo, y que a pesar de criticarla, le tenía toda la paciencia del mundo. La verdad es que ahora no se si mi abuelo  podía permitirse esos placeres (de ir a balneario) o en realidad su placer era quedarse tranquilo en la casa familiar, lejos de mi abuela. Para mi ella era muy divertida. Tendría aproximadamente unos 65 años, que llevaba con toda la fuerza criolla de su nariz achatada y su tez oscura. Se declaraba muy moderna y le decía a mi tía de unos 30 años (la mujer hermosa) que no fuera antigua. Este comentario aparecía cada vez que por la radio pasaban un tango, y mi tía Elena (creo levantaba  el volumen para pelearla) Se que a ella tampoco le gustaban. Cuando esto sucedía, mi abuela perdía su compostura y le decía aviva voz-¡Che Elena! (la llamaré así por respeto, pero mas que nada por amor) cambia esa música, no seas antigua. Cuando era mi abuelo el responsable de tan tremenda falta, no decía nada, el respetuoso, evitaba molestarla  todas las veces que podía y se movía presuroso a cambiar de emisora. Nunca molestaría a la abuela, -No se si por respeto o para que no lo embromara. La gente lo llamaba corazón,(imagino porqué) El era flaco, alto, narigón y de unos ojos claros tan buenos, que solo de mirarlos uno se sentía perdonado, aunque uno no hubiera hecho nada malo. El había llegado de Alemania y algo del tono le quedaba. Ahora, con sus años, no tenia trabajo rentado, salvo el de hacer los mandados para mi abuela, y el de cebarnos mates a la mañana temprano. Había encontrado una especie de entretenimiento utilitario que supongo le daba un plus de valía personal a lo rutinario de sus mandados. Este plus consistía: (y lo compartía conmigo casi en secreto)  -Cuando vayas por la calle anda con los ojos bien abiertos, -¿para no caerme? – Preguntaba yo    -Y el sonriendo con esos ojos absolvedores de culpas y de infinita sabiduría, me decía  -vas a ver que en la calle se encuentran miles de cosas que en algún momento de tu vida te serán útiles  -Sentenciaba. (Hoy se que aludía metafóricamente a la gente, que el destino pone frente a nosotros y que nos ayudará a crecer, siempre que la miremos a los ojos y nos permitamos el asombro).Este mundo de tesoros consistía en, clavos, alambres, argollas, tornillos, maderas y hasta alguna moneda, Toda esta mercancía era catalogada y acomodada en latitas de arvejas, o de duraznos ya usadas, las cuales habían perdido su etiqueta original y ahora ostentaban otras etiquetas,  que en letras muy prolijas decían: clavos- tornillos etc. .Así hasta catalogar todo ese tesoro digno del rey Salomón- ¡Cuanto orden!   -pensaba mientras las miraba, una al lado de la otra, ¡Cuanto orden!, cuanta prolijidad, llegue a pensar que seria un rasgo alemán  -De otras tierras, porque yo era todo lo contrario, ¡Atropellado! según mi abuelo, ¡Insoportable! según mi tía, (La que quería y quiero tanto).En cambio, más modesta, mi abuela  decía simplemente que era muy travieso y que si desobedecía me mandarían de nuevo a mi casa. Yo nunca temía sus amenazas y ellos, mis abuelos, tampoco la cumplieron nunca, y  desde mi corazón y con mi mayor emoción nunca dejare de agradecérselos. Balneario,  -Bien, decía que veía este heterogéneo grupo, mi abuela mi tía y el gordito atrás con cara de enojado, y con una impaciencia tremenda por llegar. Solo retenido atrás, por el grillete de la responsabilidad, adherido al banquito y más que nada por el peso de este Desde esta perspectiva (debajo de la barranca), Las otras dos personas, mi tía y mi abuela se mostraban casi completamente, pero de mí, solo la cabecita rubia, o mejor dicho un banquito blanco con la loneta amarilla gastada, que arrastraba a un gordito de unos cuatro años aproximadamente tras sus dos custodias. Este recorrido o ritual mas bien era para mi una especie de misterio temporal, todavía hoy puedo recordar como se hacia de largo el camino, y cuanto mas rápido quería llegar, mas tardaba y el maldito banquito mas pesaba, ahora se que era como querer navegar sin haber levantado el ancla. Eso, en términos emocionales. En términos reales la casa de la abuela quedaba a cuatro cuadras de al barranca y a 8 en total del balneario y su laguna. Paralelas a la barranca descendían unas escaleras de cemento, casi en línea recta, solo interrumpida por descansos cada 30 escalones, Escalones que nunca fueron pisados por mí, -al menos cuando de ir al balneario se trataba, ya que acorde a mis ganas por llegar mas rápido yo bajaba por el costado, corriendo y de un solo tirón, debo confesar que mas de una vez el banquito hizo de amortiguador a mis caídas y mas de una vez también, fue el culpable de algunos bravos porrazos. En fin, en un tiempo interminable, (que sé, no lo mide lo humano), por fin mi tía pagaba la entrada y auque yo -hirviera de impaciencia!,  -El tiempo seguía congelado y mas aun, peor, pues ya  sentía el olor del agua, los gritos que atravesaban los sauces, todo llenos de risas y alegría. -¡Tiremos todo y vamos al agua! decía mi mente a gritos  -Pero en el realidad, ahora había que buscar el lugar .Después de tomar en consideración el entorno, la sombra, la gente que estaba alrededor (todo esto decidido entre mi abuela y mi tía), Eso si, con mucha clase y sobretodo, muy a mi pesar, con mucha paciencia. Hasta que después de ese tiempo extraterreno, -yo, por fin me libraba del maldito banco, Si hubiese sido Pedro de Mendoza creo que Bs. As estaría fundada por lo menos a la altura de México, -No me hubiera aguantado. Bien el trono o banquito era para mi abuela, que automáticamente, y aunque estuviera en la sombra se ponía un repasador en la cabeza, por las dudas, Hoy creo que en su infinita sabiduría” moderna” se había adelantado unos años al descubrimiento del agujero de ozono ya sus efectos perjudiciales para la salud. La que no hacia eso, era mi tía. Ya dije que era hermosísima, pero cuando se sacaba la pollera acampanada, creo floreada, en realidad no importa. Aparecía como la reencarnación, como el clon vivo de Esther William. Creo,-Se sabia hermosa y no era para menos porque a su lado cualquier mujer aparecería como un adefesio. Se ataba el pelo y me tomaba de la mano, y me decía ya con una especie de dignidad, solo heredada de la nobleza, con severidad, para mi y para todos los que la miraban No corras -vamos caminando. Saliendo de la frescura de los sauces, se desplegaba frente a mi la arena, amarilla, resplandeciente, caliente, pero tan grande como el desierto del Sahara,-¡lo juro!  -El agua estaba lejíiiiisimo, como inalcanzable. Por eso a pesar de la sugerencia, de ir lento, yo tironeaba, y los ojos me brillaban como si después de andar tres días en el desierto divisara un oasis. Tiraba tanto, que por fin esa mano firme cedía, (por compasión) o por que aprovechando el calor y sus suaves manos transpiradas podía safar de su dulce apretón. Ya era una flecha, un caballo desbocado corriendo para el agua, ya se podía sentir  bajo mis pies que la arena se hacia mas firme y mas húmeda, en la medida que llegaba el anhelado encuentro.-Y por fin  -El agua, -mis saltos sobre ella en un desenfreno hacia lo profundo hacia ese frescor que esperaba día tras día del verano. Hasta que como todos saben, esa loca carrera termina en un tropezón y ahí las aguas bondadosas me abrasaban y me refrescaban con creces, mis pies ardientes.¡No vallas mas hondo!   –Espérame ahí, decía mi tía. Y yo miraba con deseo y miedo las bollas donde sabia pasaba el canal, (ese río escondido bajo el agua de  la laguna). Ahora era hora de admirarla. Se adelantaba, me tocaba en el hombro con su andar de sirena y yo sabia que tenia que quedarme ahí, como esos juegos infantiles que cuando te tocan te quedas paralizado hasta que alguien viene a rescatarte .Era el turno de mi tía y el agua. O de mi tía, el agua y  el rió subterráneo. O de las bollas mi tía, la laguna y el Balneario. Nadaba con una delicadeza propia de una competidora profesional, como si cada brazada hubiera sido obtenida tras días y  más días de entrenamiento. Se deslizaba, no golpeaba el agua. Sus manos la acariciaban y como por arte de magia avanzaba, danzaba con gracilidad. Pura belleza la de las cosas bellas. Yo estoy seguro, por simple respeto las mujeres dejaban de nadar, entendían que pasarían vergüenza a su lado. Los hombres, dejaban de nadar y de hablar, solo para decidir si era humana o casi helena .Cumplida su ceremonia, su ritual acuático. Se detenía y caminado desde lo profundo se acercaba a mí, era hora de romper el encantamiento y recuperar las voces del balneario que hasta ese momento se habían silenciado. Volvía el bullicio, las risas, el tiempo continuaba, ¡Ahora si!, se sacaba el gorro, tiraba la cabeza para atrás y acercaba despacio su cabeza a las aguas, que seguían chorreando por su pelo cuando, sonriendo me invitaba a ir un poco mas allá, de donde hacia pie, cerca de las bollas. El corazón me saltaba y en un intento loco chapuceaba hacia ella. Cuando parecía que las aguas me llevarían, cuando perdía la certeza del fondo, aparecían sus manos y me rescataban. Ponía su mano en mi panza y yo horizontal sobre las olas, flotaba. Bracea y  patalea, -¡Dale vamos!, ¡Así- muy bien!, Y daba vueltas sobre si misma y yo surcaba las aguas describiendo una exacta circunferencia a su alrededor. Ella era el centro y yo braceaba  describiendo tangentes de alegría y de agradecimiento. Por ella y nada más que por ella, conocí el agua y vencí mis temores. Después se iba con la sentencia y la seguridad de que cumpliría, -No vallas a lo hondo, quédate donde hagas pie. Por mi parte y entre nosotros, le hacia caso un rato hasta que se iba, pero después era mi meta, tocar las bollas, como yo sabia, la laguna era mansa, y no iba lastimarme. Muchas veces mis intentos fueron frustrados porque si bien sentía que entre ella y yo había un pacto especial, (entre el agua y yo digo). El bañero no pensaba lo mismo y como si adivinara mis pensamientos, cada vez que amagaba para las bollas, para lo profundo, sonaba el silbato de alarma. Yo no miraba, me hacia el distraído. Pero nunca deje de preguntarme, ¡Es mas todavía lo hago, cómo era que adivinaba mis pensamientos. 

Continuará……………..

In memorian, por siempre inolvidable

0 comentarios